El Mercado no Compra Productos, Compra Intención
- RICARDO AMARILLAS
- hace 4 días
- 2 Min. de lectura
Durante décadas, el lenguaje empresarial se organizó alrededor del producto. Calidad, precio, eficiencia, diferenciadores. La lógica era clara: ofrecer algo mejor o más barato bastaría para ganar mercado. Esa lógica no era incorrecta; simplemente ya no es suficiente.
El mercado actual está saturado de productos funcionales. La innovación técnica se volvió accesible, replicable y, en muchos casos, efímera. Lo que ayer fue ventaja competitiva hoy es estándar. En ese contexto, el valor dejó de residir únicamente en lo que se vende y comenzó a desplazarse hacia por qué se vende.

La intención se convirtió en señal.
No se trata de una motivación emocional abstracta, sino de una coherencia observable entre discurso y acción. El mercado aprende a leer patrones: cómo reacciona una marca ante la presión, cómo trata a quienes no tienen poder de negociación, cómo se comporta cuando el margen se reduce.
Cada una de esas decisiones comunica intención.
Las marcas que insisten en competir solo desde el producto suelen entrar en una carrera de desgaste. Ajustan precios, agregan funciones, amplían catálogos. Crecen en complejidad, pero no necesariamente en sentido. El cliente responde mientras la propuesta sea conveniente; no desarrolla lealtad, solo hábito.
La intención, en cambio, construye relación. No promete exclusividad ni perfección, pero ofrece claridad. El cliente puede no entender todos los procesos internos de una empresa, pero percibe rápidamente si hay consistencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Desde una perspectiva empresarial, esto tiene implicaciones directas. Las marcas con intención clara toman decisiones más legibles. Sus movimientos estratégicos pueden no gustar a todos, pero rara vez sorprenden negativamente. Hay una lógica reconocible detrás de sus acciones.
Esa lógica se vuelve especialmente relevante en momentos de crisis. Cuando algo falla —y siempre falla— el mercado evalúa menos el error y más la respuesta. La intención funciona como contexto. Explica. Humaniza. Reduce el desgaste reputacional.
No se comunica en campañas. Se construye en el tiempo.
El mercado no espera que las marcas sean heroicas. Espera que sean honestas dentro de su propia escala. Que no pretendan ocupar causas que no pueden sostener. Que no prometan impactos que no están dispuestas a medir.
La intención mal definida es una carga. Obliga a sostener discursos que no encuentran respaldo operativo. En cambio, una intención clara actúa como marco de decisión. Simplifica. Ordena. Prioriza.
Por eso las marcas con alma empresarial no preguntan primero cómo diferenciarse, sino desde dónde están actuando. Entienden que el mercado puede tolerar imperfecciones, pero no incoherencias persistentes.
Al final, el producto se consume. La intención permanece.
Y en un entorno donde todo cambia rápido, esa permanencia se convierte en uno de los activos más valiosos que una marca puede construir.




Comentarios